De muertes y muertos

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25 de octubre: dos coche bomba explotan en Bagdad matando a 155 personas y dejando 500 heridos más o menos (hasta ahora). Muertes absurdas. Ultraje a la muerte. Humillación de las personas. Muertes periodísticas que pasan desapercibidas luego de cliquear la siguiente nota.

A propósito de esta nota y ahora que se acerca el día de muertos-con su festividad colorida, tan llena de olores y sabores- me detengo y pienso también en la muerte y la cercanía conmigo.  La primera vez que rondó cerca de mí tenía tres meses y cambió mi vida drásticamente. A los once meses trató esta vez de llevarme, la ciencia lo impidió. Pasó tiempo y sólo supe de ella cuando tenía diez años por la muerte de un vecino cercano, luego fue otra vecina y, después otro. A mis catorce años murió mi tía. Tía querida, elegante, dulce, pero poco conocida. Años nos separaron de encuentros más estrechos. No la conocí profundamente, pero si la quise. Después llegó la muerte de mi papá. Eso sí fue un cambio ontológico: el mundo se volvió, literalmente, gris (hizo falta de la aparición del amor para que el mundo recuperará sus colores).

El hecho de haber presenciado la muerte de mi papá lo  tomé como regalo o especie de suerte, en el sentido de haber podido estar con mi padre en su última hora, haber podido participar de sus últimos respiros, haber podido despedirme, insensata de mí, racionalmente, y agradecerle por todo. Dato curioso, en mi soberbia de creerme inocente, no le pedí perdón (la tan buena relación que él y yo teníamos, me hizo suponerme inocente). Además de esto, simple e ingenuamente, pude afirmar, con cierto entusiasmo, que mi papá  no había sufrido. Su muerte había sido tan decorosa como él siempre lo fue: sin afectación, elegante, lentamente se acercó al momento final y más misterioso de la vida, la muerte. Después de casi 9 años, apenas voy dándome cuenta del acontecimiento tan importante y trascendente que viví y que yo, ingenua y orgullosamente, no entendí.

Era la muerte de mi padre, pero era el acontecimiento de la muerte misma. No mía. Por eso tuve la ingenuidad de decir que mi padre no había sufrido. ¿Cómo habrá vivido mi  papá su muerte? Qué terror! Supo que estaba muriendo! Estaba consciente de su muerte. Que dolor de no ver más a sus seres queridos! Pareciera que es un acontecimiento donde el dolor y la alegría del recuerdo, de lo que ya fue, de lo “conocido”, se funde con el terror de la incertidumbre a lo desconocido, a la propia muerte.

La muerte (y la vida, coincido con mi papá) además de ser un momento traumáticos para el ser humano es el proceso más solitario, se da en soledad, por mucho que haya una audiencia concurrida, y quizá por ello es más aterrador.

Esto, como es obvio, es pura especulación. Ya se ha escrito que nadie puede experimentar la muerte del otro.  (Heidegger….)

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Poco tiempo después, mi abuela murió también (tampoco la conocí como pude), y más tarde supe de la muerte de dos compañeros  en mis años universitarios. Aún los recuerdo. Pensar que se esfumaron al lugar de los muertos…

Si la tradición es cierta, este domingo Ellos vendrán al festín de la ofrenda a darnos soplos de vida.